Los riñones filtran, depuran y equilibran la sangre, eliminando del cuerpo, a través de la orina, las sustancias de desecho. A su vez, producen hormonas, como la Eritropoyetina, que favorece la fabricación de glóbulos rojos y la Vitamina D activa, que aumenta la absorción del calcio en el intestino.
A medida que la insuficiencia renal se establece y progresa, se eleva la presión arterial (hipertensión arterial) y ello conlleva un mayor riesgo de complicaciones cardiovasculares; simultáneamente se desencadena anemia, que obliga al corazón a trabajar más, haciendo que sus paredes se engrosen (hipertrofia ventricular) de manera anormal.
Paralelamente aumenta el fósforo en sangre, descienden las cifras de calcio, baja el pH de la sangre, se retienen líquidos (edemas). Se empieza a romper el equilibrio del cuerpo humano y ello repercute sobre todo el organismo.
En las fases iniciales de la insuficiencia renal, será fundamental realizar cambios en la alimentación (disminución de la cantidad de proteinas, sal, líquidos, potasio, fósforo) y tomar una serie de medicamentos para ayudar al riñón y corregir los trastornos que se producen. Llega un momento en que la insuficiencia renal es completa y será imprescindible comenzar con las técnicas de diálisis.
La experiencia demuestra que la colaboración de los enfermos con este tipo de tratamiento es pobre; a veces desconocen las necesidades de determinadas medicinas y en otras ocasiones atribuyen efectos secundarios a pastillas con una forma o color característico, cuando en realidad los síntomas están ocasionados por el aumento de determinadas sustancias (potasio, calcio, fósforo, etc) relacionadas con la insuficiencia renal.